Puesto que vivir felizmente es uno de los objetivos que más deseamos los seres humanos, hemos de plantearnos el modo de cómo conseguirlo. Así, para ser felices podemos seguir dos estrategias, disminuir las experiencias de infelicidad e incrementar las que la generan. En pocas palabras, podríamos transformarnos en “constructores de felicidad”
La felicidad es una experiencia humana a la que aspiramos todos los seres, pero el asunto es darse cuenta de cómo construimos cada uno dicha experiencia de la felicidad. Decía el sabio Epícteto que los seres humanos no vivimos directamente en el mundo sino en la construcción que cada uno hacemos de él. A dicha construcción la llamamos realidad, y constituye nuestra experiencia personal acerca de las cosas.
Por otro lado, como dice el gran científico chileno Umberto Maturana: “La vida es un proceso de conocimiento”. Y el conocimiento más deseado y deseable es aquel que nos proporciona una felicidad duradera y permite que nuestra vida sea significativa y fructífera, tanto para nosotros como para los demás. Llegar a lograr esto es, sin lugar a dudas, una de las mejores metas que podríamos proponernos.
Entre las muchas dificultades con las que nos encontramos en la búsqueda de la felicidad, una de las principales consiste en que confundimos dicha realidad con la experiencia personal que cada uno tiene del mundo y de los acontecimientos que le suceden.
Tal vez debiéramos comenzar a plantearnos varias preguntas fundamentales, tales cómo ¿qué es la realidad?, ¿cómo puedo acceder a ella? y ¿de qué forma construyo mis experiencias?
Creo que conviene comenzar por la primera de ellas, ¿qué es la realidad? Curiosamente cuando efectuamos dicha pregunta la mayoría de las personas que la escuchan ponen una cara extraña y sonríen como queriendo decir “pues está clarísimo, no sé porqué preguntas esas tonterías; esta mesa es real y un fantasma no lo es”.
Bien, aparentemente podríamos estar de acuerdo con esa respuesta, pero sólo aparentemente. Para llegar a comprensiones más completas acerca del asunto, es necesario plantearse ciertas consideraciones.
La primera de ellas tendría que ver con los órganos de los sentidos. Estamos tan acostumbrados a percibir el mundo a través de nuestros sentidos que llegamos a creer que aquello que se percibe constituye lo que llamamos mundo real. Desde este punto de vista, la realidad se equipara con lo sensorialmente percibido.
Sin embargo olvidamos las enormes limitaciones que nuestros órganos de recepción sensorial poseen. Y dejamos de tener en cuenta, también, que más allá de nuestras capacidades sensoriales existe una porción de universo que ni siquiera seríamos capaces de imaginar. A poco que consideremos estas cuestiones, la solidez de nuestra noción acerca de la realidad empieza a desmoronarse.
En cualquier persona sus sentidos están continuamente informando acerca de lo que ocurre en el mundo y esa información es recogida y procesada en el cerebro, el cual se encargará de elaborar una respuesta apropiada a dichos estímulos.
Nos refiramos al órgano que sea, parece evidente que por muy bien que funcione y muy desarrollado que esté, no es capaz de captar más que un pequeño fragmento de toda una amplísima variedad de estímulos que llegan hasta él. Es decir, para cada gama de estímulos existe un umbral por encima o por debajo del cual nuestros órganos sensoriales no registran la información.
Eso significa que existe una gran porción de la realidad ante la que estamos incapacitados para percibir, a menos que dispongamos de los aparatos apropiados, que en estos casos suplen o ayudan a los órganos de los sentidos, como por ejemplo un microscopio.
Además de lo anterior, sabemos también que no tenemos sentidos especializados para recoger información sobre muchos de los estímulos existentes en el mundo, como ciertos tipos de ondas o radiaciones que podemos detectar gracias a los aparatos correspondientes. Antes de la invención de estos artilugios dichas informaciones estaban ahí pero se encontraban más allá de lo que podíamos percibir como realidad.
De una manera sencilla podemos decir que un órgano sensorial es un sofisticado sistema de “transducción”, lo cual quiere es decir que es capaz de cambiar un tipo de energía recibida, los estímulos sensoriales (físicos o químicos) en otra codificación diferente, los impulsos nerviosos.
La experiencia sensorial, por tanto, puede definirse como un proceso de captación e interpretación de informaciones diversas.
Para captar una información se hace necesario el manejo de una serie de signos y símbolos. Es por ello que cuando decimos que a través de los sentidos creemos que captamos la realidad, lo que verdaderamente estamos haciendo es interpretar un conjunto de signos y símbolos que la representan. Por tanto, cuando pensamos que conocemos un objeto, en realidad lo que estamos queriendo decir es que estamos elaborando toda una serie de suposiciones, presuposiciones e implicaciones tomando como base la interpretación simbólica que captamos de dicho objeto.
Al proceso consistente en trabajar con signos y símbolos se le conoce con el nombre de computación. Por tanto, lo que nuestro cerebro hace es computar de determinadas maneras las informaciones que le llegan para poder obtener respuestas adecuadas en orden al mantenimiento de la vida del sujeto y del mejor funcionamiento en el mundo.
Pero demos un paso más. Una vez captada por parte de nuestros sentidos la información sensorial que sea, ésta es enviada al cerebro donde se INTERPRETA y se conecta con nuestras experiencias previas de tal manera que, literalmente, CONSTRUIMOS una interpretación acerca de lo que está pasando ahí fuera.
Hoy día existen numerosos experimentos en psicofisiología que nos demuestran que la captación sensorial es un fenómeno activo en el que necesitamos un cierto nivel de discriminación y la necesidad de patrones previos que puedan ser reconocidos. De tal manera que podríamos concluir que más que captar la realidad, lo que habitualmente hacemos es construirla a nuestro modo, hacemos una especie de CO-CREACIÓN de dicha realidad.
Este hecho, que tiene sus ventajas en cierto sentido, tiene también sus limitaciones en otros. Y eso es debido a que, en general, realizamos una manipulación y deformación de los datos sensoriales. Bastará una atenta conversación entre dos personas para que nos demos cuanta de que cada uno de ellos “oyen y ven” aquello que quieren, más que aquello otro que objetivamente se dice.
Los datos sensoriales son interpretados en función de unos patrones previos. Aquello que está fuera de ese patrón quedará deformado o mudo. Así que sería interesante preguntarte acerca de cuál es el programa de interpretación de la realidad que frecuentemente utilizamos. También podríamos empezar a considerar atender aquella información sensorial que habitualmente queda fuera de nuestro procesamiento.
Cuando comenzamos a flexibilizar el uso de los diferentes programas o patrones previos, mejorando y aumentando dichos patrones, decimos que estamos abriéndonos a la realidad y sucede una transformación en el sujeto, de tal modo que experimentamos la curiosa sensación de que siendo los mismos comenzamos a sentirnos diferentes. Esto es una paradoja existencial.
Estos programas por los que llegamos a interpretar los datos sensoriales, en el ser humano, son fruto del aprendizaje. Es por ello que encontramos una limitación para captar la realidad que no proviene meramente de la limitación biológica de los sentidos, sino que provendrá de la limitación cultural, en relación al lugar en el que hemos aprendido nuestros patrones de reconocimiento de la información sensorial.
Evidentemente, podemos decir que en una misma cultura existe un cierto “mundo compartido”, una especie de zona común en la que existen conceptos e ideas que, la mayor parte de las veces de forma no conscientes, conforman un determinado paradigma en cada cultura. Esto sucede porque hemos internalizado patrones semejantes de reconocimiento y de procesamiento de la información, que hemos asumido como ciertos, sean o no verdad. Por ejemplo, muchas personas creyeron durante siglos que la tierra era plana, sin cuestionarse la validez o no de dicha afirmación.
Esta zona común compartida es la base que sustenta el espejismo de creer que todos percibimos la realidad de la misma forma y que la diferencia estriba, solamente, en nuestras distintas opiniones al respecto.
Desde las más antiguas tradiciones espirituales, y hoy la ciencia moderna lo avala, sabemos que la felicidad es un estado de la mente. Y también sabemos que, de alguna manera, nuestra mente crea la realidad que experimentamos.
Por tanto, ¿no sería apropiado empeñar nuestro esfuerzo en adiestrar la mente para crear una realidad en la que los seres humanos pudiésemos alcanzar esa felicidad que tanto deseamos? He aquí el reto.
Hoy es el tiempo y aquí el lugar de emprender la tarea.
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